«¿Y si fuera al revés?»
Crónica del día que descubrí que las conversaciones con mi mujer no son juicios. Y que yo, desde luego, no soy abogado.
El Homo Confusus dispone de un arsenal retórico limitado pero muy querido. Herramientas que se transmiten de generación en generación, como las hachas de sílex. Y entre todas ellas, hay una que este ejemplar en concreto —o sea, yo— ha usado con una confianza absolutamente injustificada durante años:
«Ya, pero ¿y si fuera al revés?»
La escena es siempre la misma. Mi mujer me cuenta algo que le ha molestado, algo que le ha pasado, algo que siente. Y yo, en lugar de escuchar, hago una cosa fascinante: me pongo una toga imaginaria, cojo un mazo invisible y convierto nuestro salón en un tribunal. «Señoría, permítame plantear una hipótesis: ¿y si fuera al revés?»
En mi cabeza, ese momento es glorioso. Me siento Perry Mason. Siento que acabo de encontrar la grieta lógica del universo, que he desmontado el caso con una sola frase, que en cualquier momento el jurado se pondrá en pie a aplaudir.
En la realidad, no hay jurado. Hay una mujer mirándome con la expresión de quien pidió un abrazo y le entregaron un burofax.
Me costó años entender por qué la frase fallaba siempre. Y cuando lo entendí, fue de esas veces que te da un poco de vergüenza haber tardado tanto.
Primero: nadie me estaba acusando de nada. Me estaban contando algo. Y yo respondí abriendo un juicio. Ella compartía; yo litigaba. Ella buscaba conversación; yo buscaba absolución. Son deportes distintos, y yo llevaba años presentándome al partido equivocado con el equipamiento equivocado.
Segundo: la frase parece lógica, y ahí está su trampa. «Dar la vuelta» a una situación solo funciona si las dos direcciones son iguales. Y muchas veces no lo son. Es como cuando yo digo que también paso miedo volviendo solo a casa de noche. Técnicamente cierto: una vez me siguió un gato tres manzanas y todavía lo cuento como experiencia traumática. Pero intuyo —y digo intuyo porque a este ejemplar le cuesta— que no es exactamente la misma película.
Y tercero, el motivo de verdad: la frase es cómoda. Es baratísima. No requiere pensar, ni preguntar, ni quedarse un rato en el silencio incómodo de «igual aquí hay algo que no estoy entendiendo». Es un escudo de fabricación instantánea. Lo levantas y ya está: protegido. El problema es que detrás de un escudo se defiende uno muy bien, pero se escucha fatal.
Porque esa era mi confusión de fondo: yo creía que en esas conversaciones mi papel era defenderme. Y nadie me había atacado. Llevaba años ejerciendo de abogado defensor de un cliente al que no habían denunciado: yo mismo.
Así que estoy intentando jubilar la frase. No la he desterrado del todo —los reflejos de sílex tardan en desaparecer—, pero cuando noto que me sube por la garganta el «¿y si fuera al revés?», intento cambiarla por otra mucho más difícil de pronunciar:
«Cuéntame más.»
Dos palabras. Sin toga, sin mazo, sin jurado. Y he descubierto una cosa sorprendente: cuando no conviertes el salón en un tribunal, nadie pierde el caso. Ni siquiera tú.
¿Soy el único al que le pasa, o hay más abogados sin título en la sala?


