Origen de la especie
Cómo un chiste de tres segundos me costó una cena, una lágrima y, de paso, me regaló esta newsletter.
Todo proyecto serio empieza con una gran visión. Este empieza con un cuarentón llorando en mitad de una cena.
Ese cuarentón soy yo. Encantado.
Os pongo en situación. Hace unas semanas salí con un grupo de amigos que no era el mío — primer error del Homo Confusus: alejarse de la manada conocida. Estábamos en una discoteca, había un relaciones públicas jovencito, y una mujer del grupo preguntó qué edad tenía el chaval. Veinticinco, veintiséis.
Y ahí, amigos, mi cerebro hizo lo que hace siempre que detecta tres segundos de silencio: soltar una gracia. Es mi mecanismo de defensa. Otros sudan, otros se muerden las uñas; yo hago chistes. Mi mujer me lo lleva diciendo años y yo llevo años dándole la razón mientras sigo haciéndolo, que es la forma más elegante que he encontrado de estar de acuerdo con algo sin cambiar absolutamente nada.
El chiste incluía la palabra cougar. No hace falta que os lo reproduzca entero. Solo diré que en mi cabeza sonó a comentario simpático de sobremesa, y en la realidad sonó a lo que era: un desconocido de 40 años etiquetando a una mujer que había visto hacía veinte minutos.
Ella no conocía la palabra. Yo, generoso, se la expliqué. Porque si algo se me da de maravilla es explicar cosas que nadie me ha pedido, en el peor momento posible, a la persona equivocada.
Horas después, en la cena, una amiga me susurra: «Está muy enfadada contigo». ¿Conmigo? ¿Por qué? «Por lo del cougar». Y de repente la mesa entera se convirtió en un tribunal y yo en el acusado. Me llamaron machista. A mí. Al que se considera buen padre, buen marido, aliado, moderno, de los buenos.
Me defendí fatal, como se defiende uno cuando le duele. Y acabé como os decía al principio: llorando delante de ella, pidiéndole perdón de verdad.
Luego supe algo que lo cambió todo: esa mujer trabaja con mujeres maltratadas. Vive todos los días lo que yo solo conozco de los telediarios. Y entonces entendí que mi chiste no aterrizó en una cena; aterrizó en una trinchera.
¿Sigo pensando que no soy machista? Sí. ¿Entiendo ahora por qué a ella le sonó a que sí? También. Y en ese «también» vivo yo ahora, incómodo, como quien comparte piso con una verdad que no le cae bien.
Porque esa es la confusión que da nombre a esta newsletter: los que no nos reconocemos en el machismo pero llevamos su uniforme puesto sin haberlo pedido. No existe todavía una palabra para nosotros. Mientras alguien la inventa, yo propongo esta: Homo Confusus.
Aquí vengo a eso. No a dar lecciones — ya visteis cómo acabó la última vez que expliqué algo —, sino a contar mis meteduras de pata, a escuchar más y a intentar reírme de mí antes de que lo haga la mesa entera.
Aquella noche perdí un chiste y gané una newsletter. Casi mejor negocio, ¿no?
¿Tú también has metido la pata queriendo hacer gracia? Cuéntamelo en los comentarios. Aquí no juzgamos: tomamos notas para futuros fascículos.


