"No lo aparentas" vs. "cómo te conservas"
Dos piropos que suenan igual, pesan distinto y yo llevo cuarenta años cobrando el fácil.
El sábado, en una barbacoa de vecinos, alguien preguntó la edad a una amiga de mi mujer. Ella dijo “cuarenta y tres” y yo, sin que nadie me lo hubiera pedido, disparé: “¡Anda, pues no lo aparentas!”. Lo dije con la seguridad del que cree estar repartiendo regalos. Papá Noel de los cumplidos, con pinza de barbacoa en la mano.
Veinte minutos después, Javi me dio una palmada en la espalda: “Tú andas por los cuarenta también, ¿no? Joder, cómo te conservas.” Y yo sonreí, encantado, y me pasé el resto de la tarde metiendo tripa disimuladamente cada vez que pasaba por delante del cristal de la puerta del salón.
Fue de camino a casa, con un táper de ensaladilla en el regazo como un trofeo tibio, cuando el Homo Confusus hizo lo que mejor sabe hacer: pensar tarde. A ella le había dicho que parecía tener menos años. A mí me habían dicho que estaba bien mantenido, como un Volvo del 84 al que le cambiaron la correa a tiempo. Los dos habíamos recibido un cumplido. Y los dos cumplidos no significaban lo mismo.
Porque “no lo aparentas” lleva dentro una nota a pie de página muy pequeñita: que tener la edad que tienes es algo que conviene disimular, y que yo, generosamente, he decidido no darme cuenta. Y “cómo te conservas” lleva otra: que el tiempo, en mi caso, es una especie de curriculum. Que no envejezco, me añejo. Que las canas no son canas, son carácter.
Y aquí viene la parte incómoda, que es la única parte interesante. Yo no diseñé ese sistema. Pero llevo cuatro décadas cobrando de él sin haber presentado nunca la factura. Me he mirado al espejo con dos pelos blancos en la sien y he pensado, literalmente, “esto me da un aire”. Un aire. Cinco minutos antes había estado buscando las gafas de leer que tenía puestas.
Hay una palabra, cougar, para una mujer que sale con alguien más joven. Yo la he usado alguna vez en una conversación de bar y me he reído. Para mí, en mi caso hipotético, no existe una palabra equivalente; existe, como mucho, un “qué cabrón” con admiración. Ese es todo el análisis lingüístico que necesitaba y me ha llevado hasta los cuarenta hacerlo, mientras conducía, con la ensaladilla resbalándose.
Lo miro como si fuera un naturalista observando a su propia especie, y lo que veo no es un villano: es un señor con una mochila de frases heredadas que nunca abrió para ver qué llevaba dentro. Nadie me dio ese manual firmado. Simplemente venía de serie, como el impulso de tocar el pan para saber si está fresco.
Y lo que me deja pensativo no es haber dicho una tontería en una barbacoa: es que a mí el calendario me aplaude y a otras personas, en el mejor de los casos, se lo perdonan.
No tengo una conclusión con lazo. Solo un plan pequeño, que es lo único que sé hacer: dejar de convertir la belleza de nadie en un problema de matemáticas. Si quiero decirle a alguien que está guapa, decírselo y punto, sin restar años como si le estuviera haciendo un descuento. Y cuando Javi me diga que me conservo bien, sonreír, dar las gracias, y acordarme de que ese elogio me lo han regalado, no me lo he ganado.
Aunque seguiré metiendo tripa delante del cristal. Eso me lo llevo a la tumba, con mis dos canas de carácter.
¿Cuál fue el último piropo que dijiste en automático y que, si lo miras despacio, no significaba exactamente lo que tú creías? Contádmelo, que estoy haciendo colección.


