Sábado, diez de la mañana. En el suelo del salón hay setenta y dos piezas de madera prensada, un plano doblado en catorce, una llave Allen que parece un juguete de dentista y un ejemplar de Homo Confusus de cuarenta años arrodillado en calcetines. Yo. El sujeto de estudio.
Mi mujer, que pasaba por ahí con el café, hizo la pregunta más razonable del universo: “¿Quieres que te ayude?”. Y aquí es donde el naturalista debe tomar nota, porque el fenómeno es fascinante: mi boca dijo “no, tranquila, esto está hecho” antes de que mi cerebro tuviera ocasión de consultar los datos. No fue una decisión. Fue un reflejo. Como cuando te tocan la rodilla con un martillito y la pierna sale disparada sin pedir permiso.
Lo de las instrucciones tiene su propia liturgia. Yo no las tiro, ojo. Las coloco a mi derecha, dobladas, en una posición que podríamos llamar de consulta simbólica. Están ahí como está el extintor en el pasillo de la oficina: presente, tranquilizador, jamás usado. Y entonces empiezo a montar por intuición, que es una palabra muy bonita para decir “probando”.
Cuarenta minutos después había construido algo. No el mueble. Algo. Una estructura con carácter, con personalidad, con una inclinación que un arquitecto habría llamado “intencionada” si le pagaras lo suficiente. Los cajones entraban, sí, pero entraban como entra uno en una reunión a la que no ha sido invitado: rozando, con esfuerzo y generando incomodidad general.
Y sobraban tres piezas. Tres. Dos tacos de madera y una pieza metálica en forma de L cuya función solo conocen Dios y la fábrica. Aquí el Homo Confusus despliega su capacidad más desarrollada, que no es la fuerza ni la orientación espacial: es la reinterpretación creativa de la realidad. En cuatro segundos decidí que eran repuestos. Piezas de cortesía. Detalles decorativos que el fabricante incluye por generosidad, como el caramelo del restaurante.
Las guardé en el cajón de las cosas que no tienen cajón. Ese cajón donde conviven cables de móviles que ya no existen, llaves de casas donde ya no vivo y ocho llaves Allen, todas distintas, ninguna útil.
A las siete de la tarde, cenando, el mueble hizo un ruido. Un crujido corto, casi educado, como si carraspeara para avisar. Mi mujer no dijo nada. No hizo falta. Me levanté, saqué las instrucciones del bolsillo trasero del sofá, y descubrí que en el paso 4 —el paso 4, hombre, prácticamente el principio— había una pieza metálica en forma de L que sostenía absolutamente todo el peso de la parte de arriba. Lo decorativo, resulta, era yo.
Lo desmonté. Lo volví a montar. Con las instrucciones abiertas en el suelo y las gafas de leer puestas, que es la postura oficial de la rendición en mi especie. Tardé cincuenta minutos y salió perfecto. Perfecto de verdad, con los cajones deslizando como una frase bien escrita.
Y luego, en el sofá, me quedé pensando en la pregunta de la mañana. En ese “¿quieres que te ayude?” que yo esquivé como si me estuvieran ofreciendo algo vergonzoso. Nadie me enseñó a rechazar ayuda. Nadie se sienta contigo y te lo explica. Pero llevo cuarenta años haciéndolo tan bien que sospecho que lo aprendí en algún sitio, y que aprenderlo fue más fácil que desaprenderlo.
Aquel crujido de las siete de la tarde no era el mueble avisándome: era una parte de mí pidiéndome, muy educadamente, que dejara de montar la vida por intuición.
Ahora las tres piezas siguen en el cajón. No las tiro. Me gusta abrirlo de vez en cuando y verlas ahí, como un pequeño museo de mi propia terquedad. Un Homo Confusus necesita reliquias.
Y tú, ¿cuál es la última vez que dijiste “no, tranquila, puedo solo” sabiendo perfectamente que no podías solo? Cuéntamelo. Prometo no juzgar: tengo un cajón entero que me quita autoridad moral.



Fantástico! Cada comparación encaja perfectamente en la cadena de pensamientos. Un armado perfecto donde “solo sobraron piezas” mas no sobraron las palabras. Me encanta.