El fuego que sí me dejan dominar
Crónica de cómo una barbacoa me hizo sentir completo a los 40 años. Con termómetro bluetooth, por supuesto.
Observemos al Homo Confusus en su hábitat estival: el jardín. Fíjense en su postura erguida, las pinzas en la mano, la mirada perdida en las brasas. No lo molesten. Está dominando el fuego. Es lo único que domina, pero lo domina.
Todo empezó cuando cumplí 40 años. Mi mujer me preguntó qué quería de regalo y yo respondí lo que responde todo hombre que quiere parecer interesante: «Sorpréndeme». Ella, que me conoce desde hace muchos años y sabe perfectamente que la sorpresa me iba a durar tres segundos antes de mirar el ticket regalo, insistió en que le dijera qué quería.
Y ahí revelé mis dos opciones finalistas, fruto de meses de reflexión profunda: un sistema de sonido 5.1 o una barbacoa.
Analicemos la primera opción. Mi salón mide unos tres metros cuadrados. Es, técnicamente, un pasillo con sofá. Y aun así, yo insistía en instalar un sistema de sonido inalámbrico envolvente, a toda potencia, con el sonido rebotando contra el techo, las paredes, el suelo y ocasionalmente contra mis hijos. Todo para escuchar mejor las películas en una pantalla de 65 pulgadas que me compré porque la de 55 me parecía demasiado pequeña. Porque en algún momento de mi evolución decidí que necesitaba una pantalla casi más grande que la pared que la sostiene. No me pregunten por qué. Yo tampoco lo sé.
Ganó la barbacoa. O mejor dicho: ganó mi mujer eligiendo por mí, que es como suelen ganarse mis mejores decisiones.
Lo que vino después fue un ritual ancestral: tres meses viendo reviews de barbacoas. De gas, de leña, eléctricas, con manivela, de todos los tipos habidos y por haber. Tres meses. Sepan ustedes que a mi boda le dediqué menos tiempo de investigación. Y tras ese exhaustivo proceso de análisis comparativo, me decanté —lo habrán adivinado— por la más cara de todas. Una Weber de gas. Porque el Homo Confusus no elige la mejor opción: elige la que le permite decir «es una inversión» con la cara seria.
En mi defensa diré que la uso mucho. Me encanta. Con la barbacoa me siento completo en el jardín, en verano y en invierno. Hay algo ahí, algo antiguo, algo que no sé explicar: el único fuego que tengo socialmente permitido dominar, y me crezco delante de él como si hubiera inventado la combustión.
Pero el fuego era solo el principio. Porque en cuanto la desembalé, empezó la segunda fase del ritual: los accesorios. Guantes. Limpiadores. Pinzas. Termómetros. Termómetros con bluetooth. Termómetros con wifi, porque evidentemente necesito saber la temperatura interna de un chorizo desde el salón de tres metros cuadrados. Libros. Recetas. Apps de móvil.
Todo, absolutamente todo, para sentir que la barbacoa había tenido sentido en mi vida.
Y aquí estoy: un hombre de 40 años que no sabría encender una hoguera en el monte ni con dos mecheros y un tutorial, pero que controla al grado la cocción de una costilla gracias a un termómetro que se conecta al wifi de casa. La evolución, señores, no siempre avanza en línea recta. A veces da la vuelta al jardín con unas pinzas en la mano, y es feliz.


