El abrazo homologado
Por qué a mis mejores amigos los saludo con palmadas de reanimación cardiopulmonar en vez de abrazarlos
El Homo Confusus es capaz de decirle «te quiero» a su perro, a sus hijos, a una tortilla de patatas bien hecha e incluso, en momentos de debilidad, a su coche. Pero pónganle delante a su mejor amigo, ese con el que ha compartido treinta años de vida, y observen lo que ocurre: el abrazo homologado.
Lo he estudiado en mí mismo con rigor científico. El protocolo es siempre idéntico. Primero, el apretón de manos, que funciona como salvoconducto: establece que esto es un saludo oficial entre varones y no un arrebato sentimental. Segundo, el acercamiento de torsos, pero solo del hombro derecho, manteniendo entre ambos pechos una distancia de seguridad que en los aeropuertos llamarían «zona de exclusión». Y tercero, lo fundamental: las palmadas en la espalda. Dos como mínimo, cinco como máximo, con una contundencia que en cualquier otro contexto se consideraría una maniobra de primeros auxilios.
Porque eso es exactamente lo que parece. Si un marciano observara cómo saludo a Javi después de seis meses sin vernos, no anotaría en su cuaderno «dos amigos que se quieren». Anotaría «un humano intentando desatascar a otro que se ha atragantado con una aceituna».
Y aquí viene lo curioso: yo abrazo bien. Tengo el músculo entrenado. A mi mujer la abrazo como se abraza en las películas francesas. A mis hijos los abrazo tanto que ya negocian tarifas. El equipamiento funciona perfectamente. El fallo no es mecánico: es de software.
El otro día lo comprobé sin querer. Un amigo me contó que había pasado unos meses duros, de los de verdad, y algo en mí se saltó el protocolo: lo abracé. Un abrazo entero, sin palmadas, sin hombro derecho, sin zona de exclusión. Duró tres segundos. Y en esos tres segundos noté que los dos nos quedamos muy quietos, como quien sostiene algo frágil y valioso que no viene con instrucciones.
Luego, eso sí, nos separamos, nos miramos, y él dijo: «Bueno, ¿qué, unas bravas?». Porque una cosa es saltarse el protocolo y otra es prenderle fuego.
Desde entonces me pregunto quién me instaló este software. No recuerdo ninguna clase, ningún manual, ningún día en que alguien me sentara y me dijera «a los amigos, palmadas». Simplemente lo aprendí, como se aprende a no pisar las rayas de la acera, mirando a los mayores de mi tribu. Mi padre saludaba a sus amigos con palmadas. Mi abuelo, directamente, con un apretón de manos y un comentario sobre la cosecha. Visto así, yo soy la versión moderna: he añadido el medio abrazo. Cada generación de mi especie se acerca al abrazo completo a una velocidad de unos cuatro centímetros por década. A este ritmo, mis bisnietos abrazarán a sus amigos con normalidad hacia el año 2140. Me emociona pensarlo, aunque no estaré allí para darles las palmadas de enhorabuena.
Mientras tanto, he decidido hacer mi pequeña aportación a la evolución: la próxima vez que vea a Javi, voy a aguantar el abrazo un segundo más de lo homologado. Solo uno. No quiero provocar un incidente diplomático.
Si tú también saludas a tus mejores amigos como si les estuvieras salvando la vida, ya sabes que aquí tienes una cueva donde no se juzga a nadie. Suscríbete y nos vemos el domingo que viene: prometo palmaditas en la espalda solo si son estrictamente necesarias.


